No dejaba que nadie se acercara.
Capitán, en cambio, se quedó quieto junto a la puerta.
La yegua levantó la cabeza.
Él relinchó muy bajo.
Y ella dio un paso hacia él.
Isabel se llevó la mano a la boca.
—Mira eso —susurró.
Desde aquel día, Capitán dejó de estar solo también.
La yegua se llamaba Brisa.
Tenía el pelo gris, las rodillas torpes y un carácter difícil.
A mí me cayó bien desde el primer momento.
Los animales viejos, como algunas personas, no son antipáticos.
Solo están cansados de que el mundo les falle.
Capitán y Brisa empezaron a pasar las tardes juntos bajo una encina.
Isabel se sentaba cerca, con una manta sobre las piernas, y les hablaba a los dos.
A veces hablaba de Nico.
Otras veces no.
Aprendimos que el duelo no se cura con frases bonitas.