Siempre decía:
—No quiero ser una carga.
Y yo siempre le contestaba lo mismo:
—Las cargas se tiran. Las personas se acompañan.
Un día se quedó mirándome.
—Eso se lo habría dicho Nico a alguien.
—Pues entonces me lo ha prestado.
Capitán mejoró.
No se hizo joven, claro. Seguía siendo un caballo viejo, con la pata rígida y el pelo desordenado.
Pero engordó un poco.
Los ojos se le veían más vivos.
Y cuando Isabel llegaba, caminaba hasta ella con ese paso lento de los animales que entienden más de lo que parece.
Una tarde de primavera, encontramos en la finca algo que ninguno esperaba.
El matrimonio que cuidaba los animales nos llevó hasta un cobertizo pequeño.
Dentro había una yegua muy vieja, casi ciega, rescatada de un lugar donde ya no podían tenerla.
Estaba nerviosa.