El niño que vendía besos de caballo para no dejar sola a su madre

Se le quebró un poco la voz.

—Porque una madre no deja de ser madre cuando su hijo se va. Solo aprende a cuidarlo de otra forma.

No hubo aplausos inmediatos.

Primero hubo silencio.

Uno de esos silencios llenos, donde todos están sosteniendo algo.

Luego Manolo, claro, fue el primero en romperlo.

—Pues Nico tenía buen ojo para elegir equipo.

Todos reímos.

Isabel también.

Y esa risa, mezclada con lágrimas, fue más bonita que cualquier discurso.

Cuando la tarde terminó y la gente empezó a marcharse, me quedé un rato recogiendo vasos y servilletas.

Viejas costumbres.

Al final, los basureros siempre acabamos levantando lo que queda.

Isabel se acercó con una bolsa en la mano.

—Te he guardado pan dulce.

—Me vas a malacostumbrar.

—Ya era hora de que alguien lo hiciera.

Nos sentamos en un banco frente al prado.

Capitán y Brisa estaban juntos bajo la encina.

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