El sol bajaba despacio, pintando la tierra de naranja.
—Ramón —dijo Isabel—, ¿te acuerdas de la primera frase del cartel?
—Claro.
—Besos de caballo, cincuenta céntimos.
Sonrió.
—Hoy una niña dejó una nota en la caja.
Me la dio.
Era una hoja doblada, escrita con letra grande y torpe.
Decía:
“Gracias, Capitán. Mi abuela estaba triste y hoy sonrió.”
Tuve que leerla dos veces.
Porque a veces una frase sencilla pesa más que un libro entero.
Isabel miró hacia el caballo.
—Nico estaría contento, ¿verdad?
No respondí enseguida.
Quería decir algo bonito.
Algo perfecto.
Pero yo no soy de palabras perfectas.
Soy un hombre que recoge basura, que huele a gasoil muchas mañanas y que aprendió tarde a mirar donde otros apartaban la vista.
Así que dije lo único que me salió.
—Yo creo que sí. Y creo que diría que Capitán todavía debe muchos besos.