El niño que vendía besos de caballo para no dejar sola a su madre

Isabel soltó una carcajada suave.

Capitán levantó la cabeza, como si hubiera oído su nombre.

Luego vino hacia nosotros.

Despacio.

Viejo.

Digno.

Se acercó a Isabel primero y apoyó el hocico en su hombro.

Después, como si también me reconociera, empujó mi brazo con cuidado.

—Está bien, jefe —le dije—. Ya entendí.

Metí la mano en el bolsillo.

Encontré una moneda de cincuenta céntimos.

No sé cuánto tiempo llevaba ahí.

La dejé en la caja de madera.

Capitán me rozó la mejilla con el hocico.

Tenía el aliento caliente y olía a heno.

No era un beso elegante.

No era limpio.

No era de postal.

Pero fue uno de los besos más honestos que he recibido en mi vida.

Esa noche, al volver a casa, pasé por la misma urbanización.

Las fachadas seguían claras.

Los setos seguían cortados.

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