Los coches seguían brillando detrás de las verjas.
Pero algo era distinto.
En una ventana, una señora levantó la mano para saludar al camión.
En otra casa, un niño había pegado un dibujo de un caballo en el cristal.
Junto a la valla donde Nico había estado sentado, alguien había colocado una pequeña maceta con flores amarillas.
No ponía nombre.
No hacía falta.
Me detuve un segundo.
Miré aquel lugar donde una lata vacía nos había dado una lección.
Y pensé en todas las cosas que la gente deja tiradas sin saberlo.
Una silla vieja.
Una foto rota.
Un juguete sin pilas.
Una vida ajena.
Una madre sola.
Un niño con miedo.
Pero también pensé en lo contrario.
En las cosas que se pueden recoger.
Una mirada.
Una mano.
Una promesa.
Un caballo viejo.