Una mujer que vuelve a sonreír.
Desde entonces, cuando alguien me pregunta por qué sigo parándome a hablar con desconocidos en la calle, siempre digo lo mismo:
Porque una vez un niño vendía besos de caballo para que su madre no se quedara sola.
Y aunque él se fue demasiado pronto, consiguió algo que muchos adultos no logran en toda una vida.
Nos enseñó que mirar también es una forma de querer.
Y que, cuando alguien se agacha un poco más para leer lo que nadie quiso ver, a veces no recoge basura.
A veces recoge a una persona.