Durante un tiempo todo parecía ir bien.
Lucía comenzó a adaptarse.
Iba al jardín de niños.
Tenía amigas.
Le gustaban los cuentos de dragones.
Y todas las noches le pedía a su abuelo que le leyera antes de dormir.
Entonces comenzó a enfermarse.
Primero fue el cansancio.
Después aparecieron moretones.
Luego las fiebres.
Los médicos solicitaron estudios.
Y finalmente llegó un diagnóstico que cambió sus vidas.
Leucemia.
Roberto hizo una pausa.
Mi madre comenzó a llorar silenciosamente.
—Desde entonces hemos pasado más tiempo en el hospital que en casa —continuó.
Habló de tratamientos.
De días buenos.
De noches terribles.
De análisis.
De esperanzas que aparecían y desaparecían.
—Hay días en que Lucía se ríe y parece que nada malo está ocurriendo.
Se secó los ojos.—Y otros en que apenas tiene fuerzas para levantar la cabeza.