Porque una cosa es poner límites y otra disfrutar de humillar a alguien.
Eso tampoco me gusta.
La mujer se acercó al mostrador.
Miró el dibujo.
Lo leyó.
“Aquí el pan sabe a casa.”
Sus ojos se quedaron fijos en esas palabras.
—Lo hizo una niña, ¿verdad?
—Sí.
—La hija del hombre al que insulté.
No contesté.
No hacía falta.
Ella bajó la mirada hacia sus manos impecables.
—He pensado mucho en lo que pasó.
Yo seguí callado.
A veces, si uno habla demasiado pronto, tapa lo importante.
—No vengo a justificarme —dijo—. Me porté mal.
Aquella frase, dicha así, sin adorno, me sorprendió.
Porque hay personas que confunden pedir perdón con explicar por qué tenían razón.
Pero ella no lo hizo.
—Me llamo Teresa —añadió—. Mi padre fue albañil.
Levanté los ojos.
—Lo fue toda su vida. Llegaba a casa con las botas llenas de polvo. Mi madre ponía periódicos en la entrada para que no ensuciara el suelo. Yo de niña me colgaba de su cuello sin importarme la ropa.