El Panadero Que Defendió La Dignidad De Un Albañil Y Cambió Un Barrio

Teresa siguió entrando, siempre educada, siempre mirando primero a las personas y después al pan.

Y yo seguí abriendo cada mañana.

No porque vender pan sea fácil.

No lo es.

Hay días largos.

Cuentas que preocupan.

Madrugones que pesan.

Hornos que fallan.

Clientes con prisa.

Pero también hay mañanas en las que una niña deja un dibujo.

Un trabajador vuelve a levantar la cabeza.

Una mujer aprende a pedir perdón.

Y una campanita nueva te recuerda que todavía vale la pena abrir la puerta.

A veces me preguntan por qué no quito esos dibujos, si ya están algo amarillos por el sol.

Yo siempre respondo lo mismo:

—Porque algunas cosas no se cuelgan para decorar. Se cuelgan para no olvidar.

No olvidar que una persona no vale menos por llevar polvo en las botas.

No olvidar que el orgullo de alguien puede romperse con una frase.

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