—Ya hemos llegado demasiado lejos para regresar.
Bajaron.
Uno.
Dos.
Diez.
Veinte escalones.
El aire se volvió cada vez más frío.
Finalmente llegaron a una habitación subterránea.
Y allí encontraron algo que ninguno de los dos habría podido imaginar.
Había decenas de camas.
Todas ocupadas.
Monjas.
Dormidas.
Algunas parecían tener veinte años.
Otras, cincuenta.
Otras parecían ancianas.
Pero todas llevaban el mismo hábito.
Camilo se acercó a una.
—Están respirando.
Fonseca revisó su pulso.
—Sí.
—¿Están enfermas?
—No.
Entonces vio las paredes.
Estaban cubiertas de nombres.
Miles de nombres.
Y junto a cada nombre había una fecha.
Fonseca reconoció algunos.
Eran nombres de mujeres reportadas como desaparecidas durante décadas.
Camilo comenzó a temblar.
—¿Qué es este lugar?
Una voz respondió desde la oscuridad.
—El lugar donde guardamos a las que todavía recuerdan.
Ambos se giraron.