La Madre Superiora estaba detrás de ellos.
Una mujer alta, de rostro sereno.
Tenía aproximadamente sesenta años.
Pero sus ojos parecían mucho más antiguos.
—¿Dónde está María Inés? —preguntó Fonseca.
La superiora sonrió.
—Nunca estuvo muerta.
—La encontramos en la morgue.
—No.
La sonrisa desapareció.
—Encontraron una de sus pieles.
Camilo retrocedió.
—¿Qué significa eso?
La mujer miró las camas.
—Cada cierto tiempo, María Inés debe abandonar este lugar.
—¿Por qué?
—Porque el cuerpo humano tiene límites.
Fonseca sintió un escalofrío.
—¿Cuánto tiempo lleva haciendo esto?
La superiora guardó silencio.
Después respondió:
—Desde que construyeron el convento.
—¿Quién es María Inés?
La mujer bajó la mirada.
—La primera.
Fonseca miró las paredes.
—¿La primera qué?
La superiora se acercó.
—La primera que abrió la puerta.
Entonces las luces se encendieron.
Todas las mujeres de las camas abrieron los ojos al mismo tiempo.