Fonseca volvió a mirar la etiqueta.
—Entonces tenemos dos.
Camilo tragó saliva.
—¿Dos qué?
Fonseca levantó lentamente la sábana del cadáver almacenado.
El rostro era idéntico.
La misma nariz.
Los mismos labios.
La misma pequeña cicatriz sobre la ceja.
La misma monja.
Pero había algo diferente.
El cadáver dentro de la cámara tenía los ojos abiertos.
Y entre sus dientes había un pequeño papel doblado.
Fonseca lo tomó.
Lo abrió.
Solo había una frase:
“NO CONFÍES EN LA MADRE SUPERIORA.”
Camilo dio un paso atrás.
—Tenemos que llamar a la policía.
Fonseca estuvo a punto de responder.
Entonces el teléfono de la morgue comenzó a sonar.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Fonseca levantó el auricular.
—Morgue Central.
Al otro lado nadie habló.
Solo se escuchaba una respiración lenta.
—¿Quién habla?
Silencio.
Entonces una voz de mujer susurró: