Encontraron a mi esposo inconsciente en el departamento de una compañera a las 2 de la mañana, y ella llevaba pijama, el cabello mojado y sus sedantes estaban en la sangre de él. “No pienses mal”, me pidió mi suegra. Yo guardé silencio, firmé el ingreso a terapia intensiva y conservé las pruebas; días después, una grabación explicó por qué todos temían que revisara sus cuentas.

Además aparecieron hoteles, joyerías y restaurantes.

Entre los cargos encontré uno de un hotel con aguas termales, fechado el mismo fin de semana en que Mauricio me había dicho que estaba fuera de la ciudad tomando una capacitación.

Esa noche Camila había tenido 39.2 grados de fiebre.

Yo la llevé sola a urgencias.

Mauricio respondió mi mensaje pasada la una de la mañana:

“Tomé un poco con los compañeros. Ya estoy en el hotel. Avísame cualquier cosa.”

Valeria había publicado aquella misma mañana una foto del desayuno.

Dos tazas de café.

Y una mano masculina usando el reloj que yo le había regalado a Mauricio por sus treinta y cinco años.

Volví al hospital cargando copias de todo.

En la habitación estaba Teresa.

Y sobre la mesa vi un termo rojo que reconocí de inmediato.

Era mío.

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