Valeria durmió hasta la tarde del sábado. Al despertar, se dio cuenta de un detalle catastrófico: el lunes a primera hora tenía la cita en el banco para reestructurar la deuda de su madre con su nuevo sueldo, pero había dejado todos los estados de cuenta en el cajón de su escritorio. Sin pensarlo mucho, tomó el metro hacia Santa Fe. Eran casi las ocho de la noche. El guardia, que ya la conocía, la dejó subir. El piso 23 estaba a oscuras, excepto por la luz que salía de la oficina de Alejandro, cuya puerta estaba entreabierta.
Valeria caminaba de puntillas hacia su escritorio cuando escuchó la voz aguda y furiosa de Camila. Se quedó congelada a pocos metros de la puerta.
“¡Cancelaste el viaje a Valle de Bravo con mis papás por un estúpido contrato!”, gritaba Camila. “¡Siempre es el trabajo, Alejandro! ¡Estoy harta!”.