A las dos de la tarde, la crisis había sido neutralizada. Los abogados salieron de la oficina con la cabeza gacha. Alejandro y Valeria se quedaron solos en medio del silencio que siguió a la tormenta. Él miró la hoja de libreta con los números y luego la miró a ella. “Bueno”, dijo con voz ronca, “esta vez no hubo café en mi camisa. Estás contratada, Valeria. Puesto fijo, sueldo de dirección. Recursos Humanos te dará el contrato el lunes”.
Ella asintió, exhausta. Le tendió la mano formalmente. “Gracias”. Alejandro le tomó la mano, pero no la soltó. Los segundos pasaron. Su mano era cálida, grande, y la miraba con una intensidad que hizo que a Valeria le faltara el aire. La tensión en la habitación era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Fue Valeria quien retiró la mano primero, recordando las palabras de Camila. “Me voy a mi casa a dormir. Nos vemos el lunes a las nueve”.