“¡Fíjate bien, muerta de hambre!”, me humilló el conductor tras derribarme. Trabajaba catorce horas diarias para saldar la deuda médica de mi difunta madre. Al llevarle su pedido, él y su prometida me insultaron frente a todos sus empleados. En lugar de llorar, limpié la sangre de mi rodilla, tomé su contrato de 45 millones que estaban a punto de firmar y señalé una pequeña cláusula oculta que cambiaría sus vidas…

A las dos de la tarde, la crisis había sido neutralizada. Los abogados salieron de la oficina con la cabeza gacha. Alejandro y Valeria se quedaron solos en medio del silencio que siguió a la tormenta. Él miró la hoja de libreta con los números y luego la miró a ella. “Bueno”, dijo con voz ronca, “esta vez no hubo café en mi camisa. Estás contratada, Valeria. Puesto fijo, sueldo de dirección. Recursos Humanos te dará el contrato el lunes”.

Ella asintió, exhausta. Le tendió la mano formalmente. “Gracias”. Alejandro le tomó la mano, pero no la soltó. Los segundos pasaron. Su mano era cálida, grande, y la miraba con una intensidad que hizo que a Valeria le faltara el aire. La tensión en la habitación era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Fue Valeria quien retiró la mano primero, recordando las palabras de Camila. “Me voy a mi casa a dormir. Nos vemos el lunes a las nueve”.

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