Valeria no esperó a ver qué pasaba. Con el corazón latiéndole en la garganta, abrió el cajón en silencio, sacó su carpeta y corrió hacia los elevadores, pisando la alfombra sin hacer el menor ruido. En el trayecto de regreso a casa, lloró. Lloró porque durante esas cinco semanas se había enamorado de él. De su forma de reír, de su inteligencia, de la manera en que la respetaba. Pero sabía que si se acercaba ahora, toda la oficina diría que la “repartidora trepadora” había roto el compromiso del jefe. Le daría la razón a Camila. Sería la “otra”. Y Valeria tenía demasiada dignidad para ser el premio de consolación o el chisme del corporativo.
Tomó una decisión. A partir del lunes, Alejandro Montenegro sería exclusivamente su jefe.
Los días siguientes fueron extraños. La noticia de la ruptura corrió como pólvora. Camila no volvió a pisar el edificio. Alejandro estaba distante, profesional, sumergido en el trabajo. Valeria hizo lo mismo. Pasaron cuatro meses. Valeria fue promovida a Jefa de Auditoría Interna, con su propia oficina en el piso 22 y un sueldo de 150,000 pesos al mes. Renunció al taller de climas y dejó de repartir comida. Su deuda, que alguna vez pareció un monstruo invencible, bajaba rápidamente porque pagaba el triple de la mensualidad exigida.