Ella y Alejandro apenas se veían en las juntas generales. Él había contratado a una nueva asistente, una señora de cincuenta años, muy eficiente, pero cada vez que Alejandro salía del elevador, sus ojos buscaban instintivamente el viejo escritorio de Valeria en la recepción.
Un jueves por la tarde, a finales del cuarto mes, Valeria estaba sola en su oficina revisando unas hojas de cálculo. La puerta estaba abierta.
“Buenas noches”, dijo una voz. Valeria levantó la vista. Alejandro estaba recargado en el marco de la puerta.
“Licenciado Montenegro. ¿Ocurre algo?”, preguntó ella, manteniendo la formalidad.
“Ya no eres mi asistente. Le reportas al director de finanzas, no a mí. Ya no soy tu jefe directo”, dijo él, entrando lentamente.
“Lo sé. ¿A qué viene esto?”.
Alejandro tomó aire. “A que quiero saber si cenarías conmigo el sábado. Y no para hablar de trabajo”.