Valeria dejó la pluma sobre la mesa. Lo miró a los ojos por un largo tiempo. Quería decirle que sí con toda su alma, pero sonrió de lado. “No”.
Alejandro parpadeó, genuinamente descolocado. Era evidente que no estaba acostumbrado a que lo rechazaran. “¿Por qué?”.
“Porque sería muy fácil para usted”, respondió Valeria, cruzándose de brazos. “Durante un mes me hizo la vida imposible. Me tiró contratos en la cara, me humilló frente a los directivos, me hizo venir sábados y domingos. Ahora, le toca sufrir un poquito”.
Alejandro soltó esa carcajada franca y fuerte que ella tanto extrañaba. “¿Y cuánto tiempo tengo que sufrir?”.
“Ya veremos”, murmuró ella, bajando la mirada para ocultar su sonrisa.
Al día siguiente, cuando Valeria llegó a su oficina a las 8:50 AM, encontró un vaso de capuchino grande, cerrado con su tapa, sobre su escritorio. Debajo había un post-it amarillo con la letra inconfundible de Alejandro: “Día 1. Estoy sufriendo”.