El lunes, apareció otro vaso. “Día 4. ¿Los fines de semana cuentan?”.
El miércoles: “Día 6. Mi nueva asistente me preguntó por qué compro café si no me lo tomo. No supe qué inventarle”.
Todo el piso 22 empezó a darse cuenta. Las secretarias hacían apuestas sobre cuántos días iba a aguantar la jefa de auditoría antes de ceder.
El jueves por la mañana, llegó el séptimo vaso. El post-it solo decía: “Día 7”.
A las nueve y media, Valeria tomó el elevador hacia el piso 23. Caminó directo a la oficina de Alejandro. Él estaba revisando unos correos. Valeria puso el vaso de capuchino intacto sobre su escritorio. “El sábado. A las 7:00 PM”, dijo ella. “Yo elijo el lugar”.
El sábado a las siete, Alejandro Montenegro, vestido con unos jeans y un suéter sencillo, estaba sentado en una pequeña fonda oaxaqueña cerca del departamento de Valeria, comiendo tlayudas en una mesa de plástico. “Pensé que escogerías un restaurante en Polanco para hacerme pagar caro”, bromeó él.