“Soy financiera”, respondió Valeria. “No desperdicio el dinero, ni siquiera el tuyo”.
Esa noche hablaron de todo. De la madre de Valeria, de las deudas, de la soledad que Alejandro sentía en su mundo de apariencias. Y en medio de la cena, Valeria le confesó que había escuchado la pelea con Camila. “Por eso me alejé cuatro meses”, dijo ella en voz baja. “No quería ser la excusa, ni la ‘otra mujer’”.
Alejandro le tomó la mano sobre la mesa de plástico. “Y yo no quería que fueras mi salvavidas. Quería asegurarme de que mi vida estuviera limpia antes de acercarme a ti. Parece que ambos estábamos esperando el momento correcto”.
Un año después de aquella cena, Valeria hizo la última transferencia electrónica al banco. La deuda de su madre estaba en ceros. Alejandro le había rogado docenas de veces que lo dejara pagarla, pero ella se negó rotundamente. “Es mi batalla, Alejandro”, le decía. Esa noche, cuando llegó la carta de liquidación del banco, Alejandro apareció en el departamento de Valeria con un pastel y una botella de champaña. Valeria lloró hasta quedarse sin aire, pero esta vez, por fin, era de pura libertad.