Pasaron dos años más. Un sábado lluvioso, estaban en la cocina del penthouse de Alejandro, donde Valeria se había mudado hacía seis meses. Después de cenar, Alejandro fue a la cocina y regresó con dos vasos de café de cartón con tapa, de la cafetería de abajo. Le dio uno a Valeria y se quedó con el otro.
Valeria lo miró con los ojos entrecerrados. “¿Café a las diez de la noche? Tú no tomas café a esta hora”.
“Es simbólico”, dijo él. Y antes de que Valeria pudiera entender a qué se refería, Alejandro puso una rodilla en el suelo.
Valeria soltó una carcajada nerviosa. “¿Es una broma?”.
“Hablo muy en serio”, sonrió él, sacando una cajita de terciopelo del bolsillo. Abrió la caja. El anillo era elegante, discreto, hermoso. Nada que ver con la ostentación grotesca del anillo de Camila. “Valeria, entraste a mi vida cuando te aventé la camioneta, arruiné tu trabajo y te grité en la calle. Fui un idiota”.