“Super romántico tu discurso”, se burló ella, con los ojos llenos de lágrimas.
“Lo sé. Valeria Navarro, ¿te casarías conmigo?”.
Valeria hizo una pausa dramática. Miró el anillo, lo miró a él, y luego miró el vaso de café en su mano. Lentamente, destapó su vaso y lo acercó peligrosamente a la camisa blanca que él llevaba puesta.
Alejandro abrió los ojos de par en par. “¡Valeria, no!”.
Ella soltó una carcajada, dejó el café en la mesa y se lanzó a sus brazos. “Sí. Sí me caso contigo”.
Alejandro respiró aliviado, se levantó y le puso el anillo en el dedo. Valeria tomó su vaso de café y le dio un sorbo. Hizo una mueca. Americano, negro, sin azúcar. El café que a él le gustaba. Nunca aprendió a querer ese sabor amargo, pero había aprendido a amarlo a él, al hombre que alguna vez pensó que ella no duraría ni tres días en su oficina, y que ahora le estaba entregando el resto de su vida.