“¡Fíjate bien, muerta de hambre!”, me humilló el conductor tras derribarme. Trabajaba catorce horas diarias para saldar la deuda médica de mi difunta madre. Al llevarle su pedido, él y su prometida me insultaron frente a todos sus empleados. En lugar de llorar, limpié la sangre de mi rodilla, tomé su contrato de 45 millones que estaban a punto de firmar y señalé una pequeña cláusula oculta que cambiaría sus vidas…

“Super romántico tu discurso”, se burló ella, con los ojos llenos de lágrimas.

“Lo sé. Valeria Navarro, ¿te casarías conmigo?”.

Valeria hizo una pausa dramática. Miró el anillo, lo miró a él, y luego miró el vaso de café en su mano. Lentamente, destapó su vaso y lo acercó peligrosamente a la camisa blanca que él llevaba puesta.

Alejandro abrió los ojos de par en par. “¡Valeria, no!”.

Ella soltó una carcajada, dejó el café en la mesa y se lanzó a sus brazos. “Sí. Sí me caso contigo”.

Alejandro respiró aliviado, se levantó y le puso el anillo en el dedo. Valeria tomó su vaso de café y le dio un sorbo. Hizo una mueca. Americano, negro, sin azúcar. El café que a él le gustaba. Nunca aprendió a querer ese sabor amargo, pero había aprendido a amarlo a él, al hombre que alguna vez pensó que ella no duraría ni tres días en su oficina, y que ahora le estaba entregando el resto de su vida.

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