La guerra fría duró tres semanas. Alejandro le ponía trampas: le pedía documentos que no existían, le empalmaba reuniones. Valeria resolvía todo con una precisión quirúrgica. Lentamente, la hostilidad se transformó en una extraña dinámica. Discutían de negocios de tú a tú. Alejandro empezó a cancelar comidas de negocios solo para quedarse revisando reportes con ella, riendo a carcajadas cuando Valeria le ganaba los debates con puros números. La oficina entera empezó a notarlo. Él la miraba diferente. Ya no veía a la repartidora; veía a la mujer más brillante que había conocido.
Pero el cuento de hadas se rompió la cuarta semana. Camila, la prometida de Alejandro, hija de un magnate inmobiliario, se apareció en el piso 23. Alta, rubia, con un abrigo de diseñador y un anillo de diamantes que cegaba. Esperó a Valeria junto a la máquina de café. “No me gustan los rodeos, gatita”, le dijo Camila con una sonrisa venenosa. “No te hagas ilusiones. Alejandro no se casa con gente como tú. Sé exactamente lo que estás haciendo. Te haces la víctima, la modesta, para darle lástima. Mantente lejos”.