Valeria, con una calma que le costó el alma mantener, terminó de prepararse su té. “Yo no le pedí matrimonio a su prometido. Soy su empleada. Y en una semana termina mi periodo de prueba. Es lo único que quiero de él”. Pero cuando Valeria regresó a su lugar, el veneno de Camila había hecho efecto. Se prometió a sí misma poner una barrera de hielo entre ella y Alejandro. No iba a ser el pasatiempo de un niño rico.
El jueves por la noche, un día antes de que terminara el mes de prueba, la oficina estaba vacía. Alejandro estaba en una cena de gala con los padres de Camila. Valeria se quedó revisando el contrato maestro con “Maquinaria Haus”, una empresa alemana que entregaría equipo pesado en el nuevo almacén de Monterrey por 380 millones de pesos. Todo estaba aprobado por los abogados. Se firmaba al día siguiente al mediodía.