La directora hizo una pausa, mirando hacia la ventana.
—Pero hace seis años, Irene llegó destruida. Me puso una revista de sociales en este mismo escritorio. En la portada estaba él, Alejandro, de esmoquin, abrazando a una mujer despampanante llena de joyas. Valeria. El titular anunciaba la boda del año en la alta sociedad. Irene me miró con los ojos secos y me dijo: ‘Estoy embarazada’. Le rogué que se lo dijera. Pero ella tenía demasiado orgullo. ‘No voy a retener a un hombre millonario con un hijo’, dijo. Empacó sus cosas y se fue a un pueblo lejos de aquí. Allá nació Mateo. Le puso el nombre del abuelo paterno.
—Pero ¿y Alejandro? ¿Nunca lo supo? —preguntó Eugenia, atónita.
—Hace un año, cuando a Irene le diagnosticaron el cáncer terminal, me llamó. Me rogó que fuera por el niño. Me dijo que le escribiera a Alejandro, que solo quería que supiera que tenía un hijo en este mundo. Mandé una carta certificada con acuse de recibo a la sede principal de su constructora. Expliqué todo. Que Irene moría, que Mateo existía. El acuse regresó firmado, comprobando que recibieron la carta. Pero nunca hubo respuesta. Así son los ricos, pensé. No les importa la basura que dejan en el camino.