“Firma rápido para quedarnos con todo”, susurró el médico a la esposa del millonario paralizado. Yo, la enfermera, me di vuelta en silencio guardando el suero alterado. Ellos ignoraban que cada madrugada, un pequeño huérfano se colaba para tomarle la mano al paciente. Al devolverle el apretón al niño, el imperio de mentiras comenzó a derrumbarse.

Eugenia volteó la foto. Al reverso, con letra redonda y cuidadosa, decía: “Yo y mi Roble. Siempre juntos”.

—Esa es mi mamá, Irene —dijo Mateo, señalando a la mujer—. Y ese es un señor. Mamá siempre guardaba esta foto en un cuartito secreto de su cartera.

Eugenia tragó saliva y regresó a la oficina de Doña Carmelita con la foto en la mano. Cuando la directora vio la imagen, se quitó los lentes, dejando escapar un suspiro cansado.

—Irene creció aquí, en este mismo orfanato —comenzó a relatar Doña Carmelita, acariciando la foto—. Cuando creció, estudió gastronomía técnica y consiguió trabajo cocinando para los obreros en una obra inmensa de Garza Construcciones. Alejandro Garza no era de esos dueños que se quedaban en oficinas de cristal; él andaba entre el polvo, con casco, comiendo chicharrón en salsa verde con los albañiles. Ahí conoció a Irene. Se enamoraron perdidamente. Ella venía a decirme: ‘Doña Carmelita, es un hombre bueno, fuerte como un árbol. Es mi Roble’.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *