“Firma rápido para quedarnos con todo”, susurró el médico a la esposa del millonario paralizado. Yo, la enfermera, me di vuelta en silencio guardando el suero alterado. Ellos ignoraban que cada madrugada, un pequeño huérfano se colaba para tomarle la mano al paciente. Al devolverle el apretón al niño, el imperio de mentiras comenzó a derrumbarse.

—Cuando sea grande voy a manejar una grúa de verdad. Desde arriba se ve toda la ciudad. Como mi papá —dijo Mateo de pronto, bajando la voz—. Te voy a enseñar algo. Pero no le digas a nadie.

De debajo de su almohada, Mateo sacó una fotografía desgastada, con las esquinas dobladas y una marca blanca cruzando por en medio. Era la foto de una mujer joven, rubia, hermosa, con un mandil de cocina, riendo a carcajadas bajo el sol radiante. A su lado, abrazándola por los hombros, un hombre joven con casco de ingeniero reía con ella. Detrás, la estructura de concreto de un enorme edificio en construcción y una grúa recortaban el cielo.

El hombre de la foto no tenía las mejillas hundidas ni las ojeras fúnebres de la cama del hospital, pero Eugenia reconoció de inmediato la cicatriz blanca que le cruzaba la ceja izquierda. Era Alejandro Garza. La mano ancha y fuerte que descansaba sobre el hombro de la mujer era la misma mano que ella lavaba con esponja todas las mañanas.

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