La directora, Doña Carmelita, una mujer de cabello completamente cano y mirada severa, la recibió con desconfianza.
—No entiendo a qué viene, señora —dijo la directora—. Si quiere adoptar, los trámites son largos. Si viene a limpiar su conciencia, puede dejar donativos en la entrada.
—No vengo a eso. Fui la enfermera de Mateo en el hospital. Necesito saber quién era su madre —dijo Eugenia con firmeza.
La directora la evaluó en silencio antes de llevarla a los dormitorios. En una cama pegada a la ventana, Mateo jugaba con unos soldaditos de plástico con una sola mano. Al ver a Eugenia, saltó de la cama.
—¡Tía Eugenia! ¿Fuiste a ver al señor? ¿Le agarraste la mano? —preguntó el niño, ignorando el juguete que ella le extendía.
—Aún no me dejan verlo, mi amor. Pero te traje esto —dijo Eugenia, entregándole la grúa. Los ojos del niño se iluminaron. Inmediatamente empezó a jugar, simulando levantar bloques invisibles.