“Firma rápido para quedarnos con todo”, susurró el médico a la esposa del millonario paralizado. Yo, la enfermera, me di vuelta en silencio guardando el suero alterado. Ellos ignoraban que cada madrugada, un pequeño huérfano se colaba para tomarle la mano al paciente. Al devolverle el apretón al niño, el imperio de mentiras comenzó a derrumbarse.

—A ver, señora —dijo Fuentes, hojeando los papeles con desgana—. Una enfermera despedida acusando de intento de homicidio a la esposa de uno de los hombres más ricos del país. Esto suena a venganza laboral de libro de texto.

—Lea el reporte de toxicología, inspector —respondió Eugenia, plantándose firme, sin titubear—. Observe la firma de la esposa en el recibo postal de hace un año, exactamente una semana antes de que Alejandro Garza quedara paralítico. Vea la foto. Hoy a las diez de la mañana, un notario va a declarar a ese hombre mentalmente incapacitado. Le van a quitar todo, lo van a mandar a un asilo a morir de inanición, y se quedarán con la herencia que le pertenece a su hijo legítimo, un huérfano de cinco años. Si no me cree, vaya al hospital. El doctor Santillán le pone un suero cada noche. La evidencia está goteando directo en sus venas en este preciso instante.

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