El inspector Fuentes se detuvo. Leyó el documento del laboratorio. Vio la foto. Levantó la vista hacia Eugenia y, de un salto, tomó su radio.
A las diez en punto de la mañana, el ambiente en la suite VIP del Hospital Central era de triunfo. Valeria, vistiendo un traje sastre color perla, se retocaba el labial rojo frente al espejo de su polvera de oro. El doctor Santillán revisaba unos documentos, mientras un notario impecablemente vestido preparaba su sello oficial.
En la cama, Alejandro Garza yacía inmóvil, prisionero del veneno que corría por la vía intravenosa desde una bolsa transparente marcada con su nombre.
—Firme aquí, señora Garza, y el trámite de incapacidad y tutela quedará legalmente concluido —dijo el notario.
Valeria tomó la pluma de lujo. Antes de que la tinta tocara el papel, la puerta de cristal se abrió de un golpe seco.