“Firma rápido para quedarnos con todo”, susurró el médico a la esposa del millonario paralizado. Yo, la enfermera, me di vuelta en silencio guardando el suero alterado. Ellos ignoraban que cada madrugada, un pequeño huérfano se colaba para tomarle la mano al paciente. Al devolverle el apretón al niño, el imperio de mentiras comenzó a derrumbarse.

El Inspector Fuentes entró con cuatro agentes ministeriales armados. Detrás de ellos, Eugenia miraba la escena con una frialdad absoluta.

—Valeria Garza, Doctor Santillán. Quedan detenidos por intento de homicidio, fraude y conspiración criminal —anunció Fuentes con voz potente.

La polvera de oro resbaló de las manos de Valeria. Chocó contra el suelo de cerámica y el espejo estalló en docenas de pedazos. En cada fragmento de cristal brillaba un reflejo distorsionado de su rostro aterrorizado.

—¡¿Qué estupidez es esta?! —gritó Valeria, perdiendo toda su compostura—. ¡¿Ustedes saben quién soy yo?! ¡Los voy a hundir!

El Dr. Santillán se abalanzó hacia el portasueros, intentando arrancar la bolsa, pero un agente lo sometió contra la pared, esposándolo en el acto.

—¡Es un tratamiento médico! ¡Están interrumpiendo un protocolo clínico! —bramaba el médico, sudando frío.

—El Ministerio Público decidirá qué clase de protocolo es este —dijo el inspector—. Aseguren esa bolsa. Con cuidado.

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