Esa noche, Eugenia hacía su ronda. Revisó la habitación de Mateo, un niño de cinco años proveniente de una casa hogar en las afueras de la ciudad. Tenía el brazo enyesado por haberse subido al techo de lámina del orfanato buscando ver las grúas de construcción a lo lejos. Era un niño silencioso, de grandes ojos oscuros, que nunca se quejaba del dolor. Al iluminar su cama, Eugenia notó que estaba vacía. Las sábanas del IMSS estaban revueltas y sobre el buró solo quedaba un libro de colorear.
Sin hacer ruido, Eugenia caminó por el pasillo buscando al niño. Al llegar al ala VIP, notó que la puerta de la suite principal estaba entreabierta. Allí llevaba casi un año postrado Alejandro Garza, el magnate dueño de “Garza Construcciones”, la empresa que había levantado media ciudad. Era un hombre fuerte, de apenas cuarenta y tantos años, al que una extraña parálisis fulminante había dejado atrapado en su propio cuerpo. No hablaba, no se movía, solo miraba al techo. Al principio, su habitación parecía un desfile de socios y arreglos florales ostentosos. Ahora, solo lo visitaba su esposa, Valeria, una mujer escultural, siempre vestida de diseñador, que pasaba más tiempo mirándose en su espejo de bolsillo que viendo a su marido.