Eugenia se asomó con cautela. Lo que vio la dejó paralizada. Mateo estaba sentado en un banquito junto a la cama. Con su mano sana, sostenía la mano grande y pálida del millonario. El niño le susurraba algo al oído con una seriedad absoluta.
—Mi mamá también me hacía buñuelos… de esos delgaditos, transparentes. Me decía que eran así para que la luz del sol pudiera pasar a través de ellos —susurraba Mateo, acariciando la mano inerte del hombre—. Y también me contaba del roble. Decía que es el árbol más fuerte, que bajo su sombra nada da miedo.
Eugenia iba a entrar para regañar al niño y mandarlo a dormir, pero el aliento se le cortó. Los dedos de Alejandro, que llevaban meses completamente muertos, comenzaron a moverse. Primero el meñique, luego el anular, hasta que la mano entera, con un esfuerzo titánico, apretó la pequeña mano del niño huérfano.