—Me pidió que se la enseñara en cuanto abriera los ojos. Se llama Mateo. Mateo Alejandro Garza. Es tu hijo.
Cuando Doña Carmelita llevó a Mateo al hospital unos días después, el niño se quedó paralizado en la puerta. El hombre de la cama ya no miraba al techo, lo miraba fijamente a él. Mateo corrió, se trepó a la cama y le tomó la mano. Por primera vez en un año, esa mano enorme se cerró alrededor de la del niño con una fuerza protectora e inquebrantable.
—Mateo… soy tu papá —susurró Alejandro, llorando libremente.
El niño lo miró con seriedad, luego miró la foto, y de nuevo al hombre.
—Agarras muy fuerte hoy —dijo Mateo, con la inocencia que rompe cualquier tristeza—. Ya no tienes que tener miedo de estar solito. Yo te voy a ayudar a caminar cuando te levantes. Soy muy fuerte.