El juicio fue un espectáculo mediático en todo México. Valeria y Santillán fueron condenados a décadas de prisión sin derecho a fianza. Quedó demostrado el macabro plan para inyectarle sedantes neurotóxicos y heredar la constructora amparados en el acuerdo prenupcial que despojaba a Valeria en caso de divorcio, pero la hacía dueña en caso de incapacidad. Alejandro testificó desde una silla de ruedas.
La rehabilitación física de Alejandro fue un calvario de dolor y voluntad. Se caía, maldecía y sudaba frío en las barras paralelas del centro terapéutico. Pero a un lado siempre estaba Eugenia para corregir su postura, y al otro estaba Mateo, contando los pasos en voz alta.
—Eugenia —le dijo Alejandro una tarde de otoño, sentado en una banca del jardín del centro de rehabilitación, apoyado en su bastón—. ¿Por qué te arriesgaste por mí? Te iban a destruir la vida.