—Su hijo tiene mucho miedo de que ustedes lo castiguen por haber desobedecido.
—¿Por qué?
—Porque tomó su bicicleta después de que le prohibieran salir solo. Cree que hizo algo malo.
Mariana comenzó a llorar.
Yo tuve que apoyarme contra la pared.
Mi hijo había arriesgado su propia seguridad para salvar a su hermana.
Y todavía pensaba que debía pedirnos perdón.
A las once de la mañana conocí a Verónica Salcedo.
Era una mujer de cincuenta años, con el cabello oscuro atravesado por algunas canas. Llegó a la cafetería del hospital cargando una computadora y una carpeta azul.
No perdió tiempo con saludos innecesarios.
—Conocí a Teresa hace nueve años —comenzó—. Fundamos juntas un programa llamado Corazones en Calma.
Me mostró un folleto.
En la portada aparecía una madre abrazando a su bebé.
Debajo estaban los nombres de ambas mujeres.