Mi suegra miró alrededor, incrédula.
—¡Ustedes me adoraban! ¡Todas esas mujeres me admiraban!
Beatriz comenzó a llorar.
—Yo te admiraba, Teresa. Por eso no pregunté lo suficiente. Pero una niña casi muere mientras nosotras te felicitábamos.
La expresión de Teresa cambió.
Por primera vez dejó de parecer una experta preocupada por su reputación.
Pareció una mujer incapaz de comprender por qué nadie seguía obedeciéndola.
—Es una campaña en mi contra —murmuró—. Todos están exagerando.
Mariana se acercó una última vez.
—Mamá, todavía puedes reconocer lo que hiciste.
Teresa la miró fríamente.
—No tengo nada que reconocer. Yo intentaba educar a esa niña.
Vi cómo Mariana cerraba los ojos.
Había esperado escuchar una disculpa.
En cambio, acababa de recibir la confirmación de que su madre seguía justificándolo todo.
—Entonces no tienes nada más que decirnos —respondió.