Porque un niño que llora no está intentando arruinarnos el día.
Está intentando decirnos algo.
Y cuando finalmente deja de llorar, no siempre significa que haya aprendido una lección.
A veces significa que se ha quedado sin fuerzas para pedir ayuda.
En nuestra casa ya nadie tiene que ganarse el derecho a ser escuchado.
Y cada vez que oigo sonar aquella pequeña campana roja, recuerdo que mi hija está viva gracias a un hermano que se negó a guardar silencio.