La cámara mostró a mi suegra levantándose de la cama, haciendo sentadillas y riéndose por teléfono: “La nuera está agotada, pero es joven, aguantará”. Guardé cada video en la nube y no la enfrenté todavía. Quería saber quién más estaba detrás de aquella farsa, así que coloqué otra cámara frente a nuestra cama… y el jueves al mediodía apareció la persona que menos quería ver.

Colocó ambas manos sobre el vientre y sonrió.

—Aquí estamos tú y yo —susurró.

En marzo nació una niña sana.

Mariana la llamó Valentina.

Cuando la enfermera colocó aquel pequeño cuerpo sobre su pecho, todos los meses anteriores parecieron alejarse.

Las cámaras.

Los pañales de Teresa.

Las mentiras de Rodrigo.

Fernanda entrando en su dormitorio.

Los abogados.

Los documentos.

Todo perdió importancia durante unos segundos.

Valentina abrió los ojos.

Mariana lloró.

—Hola, mi amor.

La maternidad no fue fácil.

Hubo noches sin dormir, pañales, llanto y agotamiento.

Pero ahora existía una diferencia enorme.

Cada vez que Mariana se levantaba a las tres de la mañana para alimentar a su hija sabía que aquel esfuerzo nacía del amor, no de una mentira construida para someterla.

Rodrigo cumplía con lo establecido y veía a la niña según los acuerdos alcanzados. La relación entre ambos se volvió correcta, distante y estrictamente relacionada con Valentina.

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