Teresa comenzó a llorar.
—Porque pensé que tú le habías quitado a mi hijo. Porque él decía que desde que se casó contigo todo era tuyo: tu departamento, tus decisiones, tus planes. Cuando me propuso fingir un poco más la recuperación pensé que solo quería darte una lección.
—¿Una lección?
—Sí.
—Le limpié el cuerpo durante semanas.
Teresa cerró los ojos.
—Lo sé.
—Me levantaba tres veces cada noche.
—Lo sé.
—Usted me veía destruida y continuó.
—Lo sé.
Mariana sostuvo la puerta.
No necesitaba escuchar más.
—La perdono, doña Teresa.
La mujer levantó la cabeza sorprendida.
—¿De verdad?
—Sí. Pero perdonarla no significa volver a confiar en usted ni permitirle entrar otra vez en mi vida como antes.
Teresa asintió entre lágrimas.
—Lo entiendo.
Mariana cerró la puerta.
Esa noche sintió a su hija moverse con claridad por primera vez.