La cámara mostró a mi suegra levantándose de la cama, haciendo sentadillas y riéndose por teléfono: “La nuera está agotada, pero es joven, aguantará”. Guardé cada video en la nube y no la enfrenté todavía. Quería saber quién más estaba detrás de aquella farsa, así que coloqué otra cámara frente a nuestra cama… y el jueves al mediodía apareció la persona que menos quería ver.

Mariana no respondió.

—Vine a pedirte perdón.

—¿Por la niña o por lo que hizo?

—Por todo.

Teresa tragó saliva.

—Después de irme traté de convencerme de que tú eras la mala. Le conté a mis hermanas que me habías echado estando enferma.

Mariana la miró fijamente.

—Pero una de ellas sabía que yo ya caminaba —continuó Teresa—. Había venido conmigo a rehabilitación. Empezaron a hacer preguntas. Al final tuve que admitirlo.

Sus labios temblaron.

—Mi familia está avergonzada de mí. Rodrigo también me culpa. Fernanda lo dejó semanas después. Dice que todo se convirtió en demasiado problema.

Mariana sintió una ironía amarga.

Habían intentado destruirla para construir una vida nueva y, al final, ninguno quería cargar con las consecuencias.

—Yo sé que no puedo reparar lo que hice —dijo Teresa—. Solo quería pedirte perdón.

—¿Por qué aceptó?

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