—¿Es mío?
Mariana lo miró durante varios segundos.
Aquella pregunta terminó de destruir cualquier resto de afecto que pudiera quedar.
—Sí.
—Perdón. No debí preguntar eso.
—Pero lo preguntaste.
Rodrigo respiró profundamente.
—Quiero participar.
—Participar significa responsabilidades, no aparecer cuando te convenga.
Él asintió.
Meses después dejaron establecido legalmente lo necesario respecto a reconocimiento, manutención y futuras responsabilidades parentales.
Mariana no necesitaba inventar que Rodrigo había desaparecido.
Tampoco quería usar a su hija como castigo.
Lo que había terminado era su matrimonio.
La niña no tenía culpa de nada.
Una noche, cuando Mariana tenía casi cinco meses de embarazo, sonó el timbre.
Miró por la mirilla.
Era Teresa.
Mariana abrió, pero dejó puesta la cadena.
Su exsuegra parecía mucho más vieja.
—¿Qué quiere?
Teresa miró el vientre de Mariana.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Rodrigo me dijo que es niña.