Había una conversación abierta en WhatsApp.
Mariana sintió un escalofrío.
Podía ser una recuperación momentánea, intentó convencerse. Tal vez algunos pacientes recuperaban movilidad poco a poco.
Pero entonces recordó las galletas que una mañana había encontrado debajo de la cama.
Recordó una cobija que aparecía doblada de manera distinta.
Recordó que varias veces faltaban chocolates del refrigerador.
Y recordó la mirada de Teresa.
No era la mirada de alguien confundido.
Era la mirada de alguien descubierto.
Aquella tarde Mariana hizo algo que nunca habría imaginado hacer dentro de su propia casa.
Compró tres pequeñas cámaras con sensor de movimiento.
Dos días después las instaló discretamente: una frente al dormitorio de Teresa, otra en el pasillo y otra en la cocina.
Se fue a trabajar con un peso en el estómago.
A las diez y treinta recibió una notificación.