Esta tarde mi madre se sentó junto a la cama y me agarró la mano con tanta fuerza que se le pusieron blancos los dedos. Me contó que, con cinco años, insistí en atarme yo solo los cordones de los zapatos y me caí en medio del patio. Sonrió, y fue la sonrisa más dulce que le he visto jamás. Yo reí un poco, pero noté que su mano no dejaba de temblar sobre la mía.
Cuando se giró a buscar un pañuelo, alcancé a ver una lágrima que le resbalaba en silencio por la mejilla. Mi madre nunca había llorado delante de mí, y eso es justo lo que más miedo me da. No fue un llanto ruidoso ni una escena, fue algo pequeño y contenido, como si llevara mucho tiempo guardándolo para no asustarme. Me pregunté qué dolor podía esconder detrás de esa lágrima, porque no parecía solamente el miedo a una operación, pero no pregunté.