La carta que no escribí

Mi padre casi no habló. Se quedó de pie a los pies de la cama, con esas manos ásperas que se cerraban y se abrían, se cerraban y se abrían, como si no supiera dónde dejarlas. Al final solo asintió con suavidad y dijo con voz baja: Eres fuerte, hijo. Esas tres palabras tan sencillas las dijo como si intentara tranquilizarse a sí mismo más que a mí. Vi cómo le temblaban, apenas, los hombros, y entendí que mi padre también tiene miedo, quizá incluso más que yo.

A las ocho de la noche, la enfermera avisó de que se había acabado el horario de visitas. Mi madre me abrazó durante tanto tiempo que pude oír cómo le latía el corazón, acelerado, contra mi pecho. Mi padre me puso la mano en la frente, quiso decir algo y se echó atrás, como si temiera romper con una palabra lo poco que quedaba en pie. La puerta se cerró despacio y en la habitación solo quedó el sonido constante de las máquinas, tan regular y tan frío que me hizo sentir más solo que el silencio.

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