La carta que no escribí

Luego alargué la mano hacia el cuaderno pequeño que había en la mesita de noche, porque no tenía el valor de decir en voz alta lo que me ahogaba por dentro. Escribir era la única forma de ordenar un miedo que no cabía en mi pecho. El bolígrafo me tembló entre los dedos antes de tocar el papel, y aunque no sabía por dónde empezar, sabía que si no lo escribía, la noche me iba a devorar. Así que escribí, primero, una sola palabra: tengo miedo.

Escribí que tengo miedo, no solo del dolor, sino de perder la vida que tengo ahora. Miedo de no volver a sentarme a la mesa a la hora de la cena, con mi padre quejándose de política y mi madre llenándome el plato. Miedo de no volver a reírme sin motivo con mis amigos hasta que me duela la barriga. Miedo de no volver a ser una persona normal, normal de verdad, y de perder mi forma de ser, esa que se reconoce en las cosas más pequeñas: el ruido de la cocina por la mañana, el olor del café, una canción que suena sin motivo, la sensación de atarme los cordones sin pensar en nada.

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