La carta que no escribí

Yo daba todo eso por seguro, como si fuera a estar siempre ahí. Ahora entiendo que una vida no está hecha de grandes momentos, sino de repeticiones sencillas que nos hacen ser quienes somos, y me aterra pensar que mañana podría despertar sin reconocerlas. Me tumbé, cerré los ojos e intenté obligarme a dormir, pero mi mente no paraba y las preguntas me golpeaban como olas contra las rocas. ¿Será mañana el comienzo de una vida nueva o el final de todo lo que he conocido? ¿Seguiré siendo yo si me quitan una parte de lo que recuerdo, de lo que siento, de lo que me hace reír?

No tengo respuestas, y el silencio de la habitación no me devuelve ninguna. Solo el reloj de la pared sigue marcando el tiempo con una calma que me parece casi cruel, y entonces llegó la última pregunta, la más suave y la más dolorosa: ¿y si esta es la última noche en que puedo ser yo mismo? La escribí en el cuaderno con letra temblorosa y la miré durante mucho rato, como si al verla escrita fuera a doler menos. No dolió menos. Cerré el cuaderno, lo dejé sobre la mesita y me quedé quieto, escuchando mis propios latidos mezclados con el zumbido de las máquinas. Pensé en mi madre y en mi padre, y el sueño empezó a vencerme despacio mientras el pasillo quedaba en silencio. A las 11:47 la puerta se abrió despacio, una silueta sin bata dejó sobre la mesita un sobre viejo amarillento escrito con mi letra y susurró: «Léela antes de que llegue mañana, porque después de la operación ya no te acordarás de quién soy».Parte 2. La carta rasgada

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *