Quise gritar, pero la voz no me salió. El aire se me quedó atascado en el pecho y solo pude mirar la puerta, con los ojos muy abiertos, mientras la silueta seguía inmóvil en el umbral. Mi cuerpo no obedecía, como si el miedo me hubiera dejado sin piernas, sin brazos y sin voz al mismo tiempo. Intenté levantar una mano, intenté decir algo, cualquier cosa, pero lo único que oía era el sonido constante de las máquinas y mi propio corazón golpeando con fuerza.
Cuando por fin alcancé el interruptor de la lámpara, la silueta ya no estaba en el umbral. Solo quedaba el eco de unos pasos que se perdían por el pasillo y el sobre sobre la mesita, tan real como el frío que me subía por los brazos. Eran las 11:52. Lo sé porque no dejé de mirar el reloj mientras me temblaban las manos. Miré hacia la puerta abierta, luego hacia el sobre, y de nuevo hacia la puerta, esperando que alguien volviera, que alguien me explicara qué acababa de pasar. Nadie volvió.