La carta que no escribí

Alargué la mano despacio y toqué el sobre con la punta de los dedos, como si pudiera quemarme. El papel estaba frío, amarillento por los bordes, y la letra de la portada era sin duda la mía, con esa forma de cerrar las letras que tengo desde siempre. Pero estaba seguro de que jamás había escrito esa carta, o al menos no recordaba haberla escrito. La levanté con cuidado, la acerqué a la luz y sentí que el peso del papel era demasiado pequeño para todo lo que parecía contener.

Rompí el sello con cuidado. Dentro había una sola hoja doblada en cuatro, escrita con mi letra, con mis tachones de siempre y esa forma de apretar el bolígrafo cuando estoy nervioso. La desdoblé sobre la cama, alisando los pliegues con las palmas, y el papel crujió de una manera que me hizo pensar en algo guardado durante mucho tiempo. Arriba, a un lado, había una fecha: de hace tres años. Tres años. La leí dos veces, luego tres, porque no entendía cómo una carta escrita por mí hacía tres años podía llegar a mis manos justo esta noche, justo antes de la operación.

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